El silencio regresó al ala norte con la misma pesadez con la que la noche cae sobre las dunas más profundas del Rub al-Jali. La tormenta de carne, sudor y reconciliación ruda que nos había consumido hacía apenas unos instantes se había disipado, dejando tras de sí el eco apagado de nuestros gemidos y el rítmico, casi agónico, crujir de las maderas del lecho. Amira yacía bocarriba, con el pecho subiendo y bajando con lentitud, completamente desarmada por el clímax que le había arrancado el orgullo de la boca. Sus cabellos oscuros, empapados en el sudor de nuestra entrega, se extendían sobre la almohada basta como hilos de seda negra desordenados por un vendaval.Me incorporé sobre un codo, permitiendo que el aire gélido de la habitación golpeara mi torso desnudo y secara las gotas de sudor que brillaban en mi pecho. Mis ojos de obsidiana, fijos y posesivos, recorrieron cada centímetro de su anatomía expuesta a la luz plateada de la luna. Estaba limpia de ropas, blanca como el mármol de
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