El tañido lúgubre de las campanas de bronce de la gran mezquita real comenzó a resonar por todo el valle, quebrando el silencio de la madrugada con una cadencia de muerte. El sonido, pesado y definitivo, se extendió como un manto de ceniza sobre los techos de la ciudad. El príncipe Zaid Al-Fayed había dejado de respirar. Las máquinas en el ala médica finalmente habían dado el pitido largo y plano de la rendición, y con ello, el Sultanato entero se sumergía de inmediato en un luto oficial de cuarenta días. Las banderas del Lobo negro se izaron a media asta, y el clamor de un pueblo que lloraba a su príncipe comenzó a filtrarse por los muros de la mansión.Yo me encontraba de pie en el Salón del Trono Alto, con el rostro rígido, vistiendo la abaya negra ceremonial de los tiempos de guerra, bordada con hilos de plata oscura en los puños. La muerte de mi hermano de sangre me causaba un vacío innegable, un peso en el pecho por los años de infancia compartidos, pero el líder político dentro
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