La humedad de la celda parecía evaporarse ante el calor sofocante que desprendían nuestros cuerpos. Las palabras de Cem, cargadas de una autoridad que no admitía réplicas, quedaron flotando en la penumbra del calabozo como un decreto inquebrantable. Yo asentí lentamente. No fue un acto de sumisión cobarde, sino la tregua de una guerrera que entendía que, para sobrevivir en este nido de víboras, el único escudo real que tenía era el hombre que me mantenía acorralada contra la piedra.Al ver la aceptación en mis ojos, la rigidez en las facciones de Cem cedió milímetros, transformándose en una urgencia que rozaba la locura. Sus manos, grandes y callosas, descendieron por mis hombros con una brusquedad que me hizo contener el aliento. Sin romper el contacto visual, atrapó los jirones del vestido andrajoso que aún colgaba de mi cuerpo y, con un tirón certero, terminó de desgarrar la tela. El crujido de los hilos rompiéndose resonó en el silencio de la prisión. Me despojó de cada capa, de c
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