La mención de Zaid cayó como una losa de concreto en medio de la penumbra del calabozo. Las facciones de Cem se endurecieron al instante; sus ojos de obsidiana, que hacía solo unos minutos desbordaban una lujuria líquida y ardiente, se transformaron en dos témpanos de hielo frío y cortante. La mandíbula se le tensó con tal fuerza que una pequeña veta latió con violencia en su sien. Para el futuro Sultán, que su autoridad o su posesión fueran cuestionadas—incluso por el fantasma de su propio her