Mundo ficciónIniciar sesiónLa mención de Zaid cayó como una losa de concreto en medio de la penumbra del calabozo. Las facciones de Cem se endurecieron al instante; sus ojos de obsidiana, que hacía solo unos minutos desbordaban una lujuria líquida y ardiente, se transformaron en dos témpanos de hielo frío y cortante. La mandíbula se le tensó con tal fuerza que una pequeña veta latió con violencia en su sien. Para el futuro Sultán, que su autoridad o su posesión fueran cuestionadas—incluso por el fantasma de su propio hermano en coma—era un insulto que su orgullo de alfa no podía tolerar.
En lugar de responder con palabras, Cem descargó su furia y su deseo contenido en un movimiento rápido y felino. Atrapató mi hombro con su mano, hundiéndome contra la pared de piedra, e inclinó el rostro. Su boca no buscó mis labios; bajó directamente hacia la unión entre mi cuello y mi hombro y, con una violencia posesiva, me dio un mordisco firme y profundo en la piel.
—¡Ah…! —un gemido agudo y quebrado escapó de mi garganta, rebotando en los muros del calabozo.
El dolor del mordisco se mezcló de inmediato con una descarga eléctrica que me sacudió hasta la punta de los pies. Mis dedos se enterraron con desesperación en sus bíceps de acero mientras sentía cómo sus dientes dejaban una marca imborrable, un sello de propiedad sangriento que tardaría días en desaparecer de mi cuerpo.
Cem se separó lentamente, lamiendo la marca con un rastro de saliva caliente antes de mirarme fijamente a los ojos. Su aliento rozaba mi piel, denso y cargado de una advertencia implacable.
—No vuelvas a hacerme esa pregunta, Amira —siseó con una voz ronca, tan baja que era casi un rugido—. Te lo advertí. El futuro no le pertenece a los muertos ni a los hombres que no pueden ponerse en pie. Tu presente es mío, tus gritos son míos y el hombre que te mantiene viva en este palacio soy yo. No repitas su nombre en mi presencia si no quieres conocer el verdadero alcance de mi castigo.
Me quedé sin aliento, con el corazón martilleando contra mis costillas, asintiendo levemente mientras el dolor ardiente de mi hombro se transformaba en un recordatorio constante de las cadenas invisibles que me ataban a él.
Sin decir una palabra más, Cem se apartó. El momento de la pasión cruda y el misticismo subterráneo había terminado; el gobernante regresaba a ocupar su lugar. Con una elegancia innata, comenzó a vestirse, colocándose los pantalones y la camisa de seda negra con movimientos pausados y precisos. Yo hice lo mismo, recogiendo los jirones de mi vestido andrajoso y cubriéndome como pude, intentando ocultar la marca de su propiedad que ya empezaba a tornarse de un color violáceo sobre mi piel morena.
Cem abrió la pesada puerta de hierro con un estruendo metálico y ordenó a los guardias que me escoltaran de regreso. El trayecto por los pasillos subterráneos fue un borrón. Cuando finalmente crucé el umbral de mis aposentos privados en el ala este del palacio, sentí que el aire acondicionado me congelaba el sudor de la piel.
No perdí tiempo. Necesitaba quitarme el olor a calabozo, el rastro del polvo de la piedra y, sobre todo, la evidencia física de la intensidad con la que Cem me había poseído en la oscuridad. Me deshice de la ropa rota y entré directamente al cuarto de baño de mármol. Abrí la llave de la ducha, dejando que el agua caliente cayera con fuerza sobre mi cabeza, recorriendo mi espalda y mis piernas. Me froté la piel con desesperación, pero al pasar los dedos por mi hombro, el dolor del mordisco me hizo soltar una exclamación. Miré mi reflejo en el espejo empañado: la marca de sus dientes estaba allí, clara y perfecta, justo donde el cuello terminaba. Era el sello del Lobo.
Apenas me había envuelto en una bata de seda blanca y secado el cabello cuando el sonido rítmico y seco de unos golpes en la puerta principal me sobresaltó. El pánico me oprimió el pecho. ¿Había descubierto la Gran Sultana lo que pasó en las celdas? ¿Venían a arrastrarme de nuevo?
—¿Quién es? —pregunté, forzando a mi voz a sonar autoritaria.
—Señorita Amira… soy Fátima, una de las empleadas del servicio —respondió una voz tímida desde el otro lado—. Traigo un mensaje urgente.
Respiré hondo, intentando calmar los latidos de mi corazón. Me acerqué a la mesa de noche, tomé el velo de seda azul noche que Malika me había obligado a usar y me lo coloqué con rapidez, asegurándolo alrededor de mi cabeza hasta que solo mis ojos quedaron al descubierto. Nadie podía ver las marcas de mi cuello, nadie podía sospechar del pecado.
Abrí la puerta. La joven sirvienta estaba allí, con la cabeza baja y las manos entrelazadas, temblando levemente.
—Sígueme, por favor. Alguien la espera en los jardines traseros del palacio —murmuró en un susurro, mirando hacia los lados para asegurarse de que ninguna de las espías de la Sultana estuviera cerca.
No hice preguntas. En este palacio, las preguntas podían ser mortales. Caminé detrás de ella, manteniendo mis pasos ligeros y silenciosos sobre los pasillos alfombrados. Cruzamos las cocinas vacías y salimos por una pequeña puerta de servicio que daba directamente a los terrenos más apartados del complejo real, una zona donde la vegetación era tan densa que ocultaba la luz de las antorchas principales.
Al llegar a la orilla del gran canal artificial que cruzaba los jardines del palacio, la sirvienta se detuvo y señaló hacia adelante antes de desaparecer entre las sombras con la rapidez de un fantasma.
Allí, de pie junto a un pequeño muelle de madera, estaba Cem.
Vestía una túnica blanca más ligera, sin los ornamentos reales, y el viento de la noche del desierto agitaba los bordes de la tela. Cuando escuchó el eco de mis pasos, se giró con lentitud. Sus ojos de obsidiana me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el velo que cubría mi rostro. No hubo palabras de saludo, ni rastro de la furia de las celdas; su presencia desprendía una calma magnética y peligrosa.
Cem dio un paso adelante y, con un movimiento firme pero extrañamente pausado, extendió su mano derecha y tiró del velo de seda azul, arrancándolo de mi rostro por segunda vez esa noche. El aire fresco de la madrugada golpeó mis mejillas y mis labios hinchados. Sus ojos se clavaron en mi boca expuesta, y luego descendieron por mi cuello, deteniéndose en la marca del mordisco que asomaba por el borde de mi bata. Un destello de satisfacción primitiva cruzó sus facciones.
Hizo una seña con la cabeza, apuntando hacia un pequeño bote de madera tallada con incrustaciones de nácar que flotaba en las aguas tranquilas del canal.
—Sube —ordenó en un susurro profundo—. Nos vamos.
—¿A dónde, Cem? Si alguien nos ve… —intenté protestar, pero su mirada gélida me acalló de inmediato.
—Nadie nos verá. Los guardias de este sector responden solo a mis órdenes —respondió, tomándome de la mano para ayudarme a subir a la embarcación. Sus dedos estaban calientes, un contraste perfecto con la brisa de la noche.
Me senté en la parte trasera del bote, acomodando la seda de mi bata alrededor de mis piernas descalzas. Cem subió después, tomó los remos de madera oscura y, con una facilidad asombrosa que demostraba la fuerza de sus brazos, comenzó a deslizar la embarcación por las aguas del canal, alejándonos de las luces imponentes del palacio y adentrándonos en la inmensidad del lago artificial que colindaba con el desierto abierto.
El silencio que nos rodeaba era absoluto, interrumpido solo por el suave chapoteo del agua contra la madera del bote. Levanté la vista hacia el cielo. Lejos de la contaminación lumínica de las ciudades occidentales, el cielo del desierto era un manto de terciopelo negro salpicado por millones de estrellas que brillaban con una intensidad mística, casi irreal. Las constelaciones parecían tan estables y eternas que por un momento me olvidé de las intrigas, del coma de Zaid y del peligro que corría mi vida.
Cem dejó de remar cuando llegamos al centro del lago, donde el agua era un espejo perfecto que reflejaba el firmamento, haciendo que nos sintiéramos suspendidos en medio del espacio exterior. Dejó los remos a los lados y se cruzó de brazos, clavando su mirada seria en mí. El aroma a sándalo y el aire puro del desierto llenaron mis pulmones.
—No te creas especial, Amira —dijo de repente, romper el silencio con una voz fría, aunque sus ojos decían algo completamente diferente—. No pienses que esto es un gesto de romance occidental o una muestra de debilidad de mi parte. Solo quería salir a ver las estrellas esta noche.
Hizo una pausa, desviando la mirada hacia el firmamento por un segundo antes de volver a clavarla en mi rostro desnudo. Una mueca de ironía cruzó sus labios perfectos.
—A mi esposa, la Gran Sultana, no le gusta el aire libre. Odia el desierto y prefiere quedarse encerrada en el lujo de sus aposentos, rodeada de sus damas y de sus joyas. Tú, en cambio… eres una salvaje que necesita respirar. Traerte aquí es solo una forma de asegurarme de que mi propiedad no se marchite en el encierro del palacio antes de que yo decida qué hacer contigo.
Escuchar su intento de mantener la distancia y su orgullo real me pareció tan absurdamente predecible que no pude evitarlo. Una sonrisa genuina, la primera en días, se dibujó en mis labios, mostrando mis dientes y encendiendo mis ojos con esa calidez latina que tanto lo perturbaba.
—¿Ah, sí? —le respondí, inclinando la cabeza con un toque de ese desafío que él juraba querer apagar—. Así que el futuro Sultán del imperio necesita excusas para pasar la noche con su cuñada bajo las estrellas. No te preocupes, Cem. Guardaré tu secreto. No le diré a nadie que el gran Lobo del desierto tiene un lado que prefiere la compañía de una latina "impura" antes que el oro de su Gran Sultana.
Cem apretó la mandíbula al ver mi sonrisa, pero la intensidad de su mirada no disminuyó. Dio un paso hacia adelante en el bote, acortando el espacio entre los dos en medio de la inmensidad del lago, recordándome que, aunque estuviéramos rodeados de estrellas, el verdadero fuego seguía estando entre nosotros dos.







