La semana que siguió al décimo día fue, en términos clínicos, lo que Damien habría llamado una meseta funcional. En términos humanos, era algo más difícil de nombrar.Ariadna comía. No con apetito —eso vendría después, si venía—, sino con la disciplina silenciosa de alguien que ha comprendido que el cuerpo es un instrumento que requiere mantenimiento, aunque uno ya no sepa bien para qué sirve la música. Desayunaba sola en la pequeña sala común del ala residencial, junto a la ventana que daba al jardín interior, y los otros pacientes aprendieron pronto a respetar ese silencio sin que nadie se lo pidiera. Hay personas que llevan consigo una especie de gravedad; no distancia, sino peso. Ariadna era de esas.También dormía. No bien —eso también vendría después—, pero dormía. Cinco horas, a veces seis. Sin pastillas, lo cual era suficiente para que la enfermera de turno lo anotara en el expediente con cierto alivio contenido.Y tocaba el piano.El instrumento estaba en el extremo sur del c
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