La pantalla parpadeó dos veces antes de estabilizarse.
Damien lo había notado antes —ese pequeño temblor del sistema cuando accedía a rutas que no debía, como si el servidor tuviera memoria muscular de las intrusiones y aprendiera, con el tiempo, a resistirlas con más elegancia que alarma. Eran las once y cuarenta de la noche. El ala administrativa llevaba horas vacía. Había esperado a que los pasos de la última enfermera del turno se extinguieran al fondo del corredor antes de sentarse frente