Cuando el timbre sonó, Elizaveta estaba en la cocina, preparando un té que apenas le apetecía. Frunció el ceño, extrañada. No esperaba visitas. Nadie los visitaba desde que los echaron de la mansión.Abrió la puerta con cautela, y su expresión cambió por completo.Nicolás estaba allí, de pie en el umbral, con su sonrisa despreocupada y las manos en los bolsillos de su chaqueta. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y un aire de suficiencia que era tan característico de él.—¿Mamá? —dijo, como si fuera lo más natural del mundo—. ¿No me vas a dejar pasar?Elizaveta sintió que el corazón le daba un vuelco. Su hijo. Su favorito.—Nicolás —dijo, abrazándolo con efusión—. Hijo, ¿cómo estás?Él la abrazó con la misma calidez que siempre, pero cuando la soltó, su mirada recorrió el apartamento con una expresión de curiosidad, no de lástima.—Vaya, vaya... no es la mansión Adler, ¿verdad? —comentó, entrando como si fuera su casa.Elizaveta cerró la puerta y lo siguió.—No, no lo es —respon
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