La casa estaba ubicada en una zona remota de las afueras de Moscú, rodeada de árboles y con una sola carretera de acceso. Los ventanales estaban cubiertos por cortinas gruesas, y el sonido de la lluvia golpeando el techo era el único ruido que rompía el silencio. No había vecinos. No había testigos. Solo los hombres de confianza de Dominik patrullando el perímetro y la certeza de que lo que estaba a punto de suceder cambiaría todo.
Leonid estaba sentado frente a una mesa de madera desgastada, c