El auto negro se deslizaba por las calles mojadas de Moscú mientras la lluvia fina empañaba los cristales. Dominik iba en el asiento trasero, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada perdida en el paisaje gris que pasaba tras la ventanilla. El hospital había quedado atrás hacía apenas diez minutos, pero la sensación de alivio al saber que Leonid estaba fuera de peligro seguía fresca en su mente.
Leonid, sentado a su lado, se estiró con una mueca de dolor que no logró disimular del todo.