El despacho de Grigori Adler estaba sumido en una penumbra que solo la lámpara de la mesa lograba penetrar. El patriarca estaba sentado detrás de su escritorio, con las manos entrelazadas sobre la madera oscura, observando a Serguei con una mirada que no necesitaba palabras para imponer respeto.
—Ya nos hemos encargado del testigo —dijo Serguei, su voz neutra, como si estuviera reportando el clima—. El perito no volverá a hablar con nadie.
Grigori asintió lentamente, sin mostrar emoción. Sus de