Cuando el timbre sonó, Elizaveta estaba en la cocina, preparando un té que apenas le apetecía. Frunció el ceño, extrañada. No esperaba visitas. Nadie los visitaba desde que los echaron de la mansión.
Abrió la puerta con cautela, y su expresión cambió por completo.
Nicolás estaba allí, de pie en el umbral, con su sonrisa despreocupada y las manos en los bolsillos de su chaqueta. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y un aire de suficiencia que era tan característico de él.
—¿Mamá? —dijo, co