La lluvia seguía cayendo sobre Moscú cuando Grigori Adler salió de su mansión con la misma calma de siempre. El bastón golpeaba el suelo mojado con un ritmo firme mientras caminaba hacia el auto que lo esperaba. Serguei lo seguía de cerca, su silencio habitual era su única compañía.
Pero antes de que pudiera llegar a la puerta del vehículo, el sonido de motores y sirenas rompió la quietud de la noche.
Varias patrullas de la policía rodearon la entrada de la mansión, bloqueando cualquier salida.