Leonid salió corriendo de la casa antes de que el auto de Dominik desapareciera de su vista. Subió al primer vehículo que encontró, encendió el motor y antes de pisar el acelerador, se giró hacia los guardias que aún estaban paralizados en la entrada.
—¡Ustedes! —gritó, su voz cortante como una hoja—. Si vuelven a cometer un error estúpido, yo mismo me encargaré de que no vuelvan a trabajar en ningún lugar de este país. ¡Cuiden a Samantha! ¡Si alguien se acerca, no duden en actuar! ¡¿Entendido?