El verdadero reto para Gabriel no era el diagnóstico, sino convencer a Emi.Una tarde, mientras descansaban bajo la sombra del enorme samán del patio trasero, Gabriel la atrajo hacia su pecho, rodeándola con sus brazos.—Bonita... necesitamos hablar de algo importante —susurró, besándole la coronilla con ternura.—Te noto serio—respondió Emi, girando el rostro hacia él, aguzando el oído al notar el cambio en su tono de voz—. ¿Pasa algo con la salud de mi tía?—No, no, al contrario. Tu tía está excelente, gracias a Dios —la tranquilizó, tomándole las manos—. Es sobre ti, Emi. He estado revisando unos artículos médicos y pensando mucho en tu caso. Quiero que vayamos a la ciudad, a una clínica especializada. Quiero una segunda opinión sobre tus ojos, bonita.Emi se tensó de inmediato, y la hermosa sonrisa que llevaba minutos atrás se desdibujó. El miedo, un miedo viejo y profundamente arraigado, asomó en su rostro. Para ella, hacerse ilusiones con la posibilidad de ver significaba abrir
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