No podía arriesgarse. El miedo a perderla, a ver el brillo de sus ojos apagarse por la decepción y el desprecio hacia él, era superior a cualquier deseo de justicia. Prefería cargar él solo con la culpa, con el asco de callar y con el secreto del chantaje de su padre, antes que ver a Emi alejarse de su vida.
—No es nada, bonita... solo un día largo y pesado —mintió Gabriel, levantando el rostro para buscar sus labios, besándola con una urgencia romántica y dolorosa, sellando en su mente el pact