El agua caliente en la tina de hierro fue como un bálsamo milagroso para el cuerpo maltrecho de Emi, al sentir el agua suspiro con profundidad, el alivio era magico despues de la tortura en el bosque.
Gabriel se metió con ella y, con una delicadeza infinita, tomó una esponja para comenzar a limpiar el lodo y los rastrojos de maleza que se habían adherido a su piel. Lavó su espalda, sus brazos y su cabello enredado, midiendo cada movimiento para no lastimarla. Emi, completamente exhausta, con la