—Emi, bonita —intervino Gabriel, forzando un tono tranquilo—. Leonor te preparó un té en la cocina. ¿Por qué mejor te llevo para que lo tomes con ella allá? Necesito hablar de unos asuntos de la finca con Eduardo.
—Claro, Gabriel —respondió ella, poniéndose en pie con dificultad y siendo cargada por Gabriel para llevarla a la cocina, ajena a la tormenta silenciosa que se desataba entre los dos hombres.
En cuanto Emi cruzó la puerta de la casa, la expresión de Gabriel se transformó por completo