Afuera, la furia de la tormenta empezaba a menguar, transformándose en un golpeteo rítmico y constante sobre el techo de la cabaña. Adentro, el crujido de los leños agonizantes en la chimenea era el único sonido que competía con sus respiraciones. Las cobijas de lana ya no hacían falta; El calor que emanaba de sus cuerpos, era más que suficiente.
Emi escuchaba los latidos pausados del corazón de Gabriel bajo su oído. Sentía la calidez de su aliento rozándole la frente. Todo en él le resultaba