—De verdad, esto es inhumano —rezongó Eduardo, limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa, aunque apenas eran las siete de la mañana.Tenía la tarea de trasladar a los novillos hacia el corral de vacunación. Uno de los animales, un ejemplar caprichoso de casi cuatrocientos kilos, plantó las patas en el barro y se negó a avanzar, bufando con fuerza y salpicándole las botas de lodo pegajoso.—¡Muévete, bestia! —gritó Eduardo, dando un paso atrás con visible temor—.Nicanor, te lo digo en serio, yo no nací para esto. El olor, las moscas, el peligro constante de que una de estos moles me rompa una costilla... Es demasiado rudo.Nicanor, que pasaba por ahí con una soga al hombro, se detuvo y lo miró con una mezcla de paciencia y cansancio. En la finca, el trabajo con los animales requería firmeza, algo que a su hijo menor le faltaba por completo—Eduardo, los animales huelen el miedo —le dijo el viejo capataz con voz calmada—. Si te ven dudar, no te van a hacer caso. Solo
Leer más