—Tú qué haces aquí? —susurró Eduardo, acercándose con cautela, mirando nerviosamente hacia atrás—. Gabriel te echo. Si te ve un capataz o alguno de los peones, estamos muertos los dos. Vete, Petra.
—Cállate y escucha, Eduardo —siseó ella, tomándolo del brazo con fuerza a través de la cerca de alambre de púas—. No me voy a ir. No hasta que esa aparecida pague por lo que nos hizo. Nos quitó todo, ¿o es que ya se te olvidó cómo te trata tu primo? Como si fueras un peón más.
Eduardo soltó el aire,