Y entonces llegó el segundo grito. Débil, ahogado por la distancia y la lluvia, pero inconfundible. Su nombre. Ella lo estaba llamando.
—¡Emi! —grito con fuerza Gabriel, y la adrenalina borró instantáneamente el cansancio de sus piernas.
Gabriel corrió rompiendo ramas, resbalando en el lodo y recuperando el equilibrio a pura fuerza de voluntad. Guiado por el eco del grito y por un instinto que iba más allá de la razón, se abrió paso entre un denso matorral de espinas hasta que el haz de luz de