El olor a café recién colado y a las arepas que Gabriel había logrado improvisar en la estufa impregnaban el aire de la cabaña. Emi, ya vestida con ropa seca y con el tobillo mucho más aliviado gracias a la maniobra médica de la noche anterior, reía suavemente por las ocurrencias de Gabriel mientras terminaban de desayunar. Había una paz inmensa entre los dos, una burbuja de felicidad que parecía aislarlos del resto del mundo.
Sin embargo, el silencio del bosque lavado por la tormenta se rompió