El zumbido del ascensor industrial se detuvo con un golpe seco que reverberó en mis talones. Las rejas de hierro se abrieron hacia el vestíbulo principal del Banco de Inglaterra, revelando un escenario dantesco. Los lujosos mostradores de caoba y los pisos de mármol del banco más antiguo del mundo estaban cubiertos de vidrios templados pulverizados.Afuera, la plaza de la City de Londres lucía desierta de soldados británicos. El duque de Cambridge había sido borrado del mapa; el poder estatal se había arrodillado ante el poder divino. Doce limusinas negras rodeaban el perímetro, con los motores encendidos, bloqueando cualquier salida. Y en el centro, el Inquisidor General de Roma observaba la entrada con la paciencia de un verdugo eterno, sosteniendo la cruz de hierro ensangrentada.—Esto es una puta locura —susurré, sintiendo el sudor frío correr por mi nuca—. Es el centro de Londres, Malachi. No pueden masacrarnos aquí. Habrá cámaras, satélites, testigos...—El Vaticano no masacra,
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