Ocho meses después del gran terremoto corporativo que reestructuró la provincia, el sol de Aurelia caía sobre el muelle viejo con una calidez dorada, desprovista de las sombras del pasado. La torre de cristal y acero se divisaba a lo lejos, imponente, pero la vida de la CEO ya no se medía únicamente en el vaivén de la bolsa de valores. Se medía en latidos.Esmeralda caminaba lentamente por el sendero de madera restaurado, vistiendo un vestido amplio de seda color crema que se amoldaba por completo a la majestuosa e inmensa curva de su vientre. Estaba a solo unas semanas de dar a luz. El embarazo, que había comenzado en mitad de la balacera y el lodo de la traición, estaba por culminar en una paz que su madre, Victoria, jamás pudo saborear.Una brisa fresca trajo el aroma a madera y salitre, y con él, el sonido de unos pasos firmes que Esmeralda reconocería en cualquier rincón del mundo.Emilio apareció al final del muelle. Ya no vestía los trajes sastre rígidos de la Banca Valeria
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