Las notas de los violines dieron paso a una melodía más profunda y envolvente a cargo de un piano de cola que había sido colocado sobre la plataforma del muelle. Las luces cálidas y doradas, dispuestas meticulosamente por todo el jardín, se encendieron al unísono, reflejándose en las aguas tranquilas del puerto de Aurelia como si el cielo entero se hubiera volcado sobre el mar.Emilio, sin dejar de mirar a su ahora esposa, hizo una elegante reverencia y extendió su mano izquierda.—¿Me concedes este baile, señora Valeriano? —preguntó, con una sonrisa romántica que iluminaba sus facciones, desprovisto ya de cualquier rastro de la rigidez que los tribunales le habían impuesto durante meses.Esmeralda colocó su mano sobre la de él, sintiendo el roce del oro blanco de sus argollas matrimoniales.—Con mucho gusto, señor Valeriano —respondió ella, con una voz que era pura seda.Caminaron hacia el centro de la pista flotante bajo la mirada conmovida de los invitados. Catalina, sentada
Leer más