El piso 40 de la torre corporativa de Aurelia parecía un coliseo de mármol y pantallas LED. La mesa ovalada de cristal templado, diseñada para albergar a los veinticuatro directores de las divisiones navieras, textiles y de infraestructura portuaria, estaba rodeada de murmullos nerviosos y rostros desencajados. Hombres y mujeres de la alta sociedad de la provincia, acostumbrados a que el apellido Devereux o el respaldo de La Orden solucionara cualquier contratiempo con un golpe de chequera o u