El cañón del arma de Valeria no temblaba. Bajo la luz pálida y húmeda que se colaba por la rejilla del muelle viejo, sus ojos reflejaban una desesperación líquida, rota, que contrastaba con la frialdad del acero que sostenía.Emilio se congeló en el acto, interponiendo instintivamente su cuerpo para cubrir a Esmeralda una vez más. La oscuridad del túnel aún los envolvía por la espalda, pero el frente era un callejón sin salida.—Valeria… —la voz de Emilio salió en un susurro ronco, cargado de una incredulidad que le quemaba la garganta—. Bájala. Tú no eres esto. Dijiste que yo fui la única verdad en tu vida. No hagas esto.Valeria soltó un sollozo ahogado, pero el arma no se movió un solo milímetro de su objetivo.—Precisamente por eso, Emilio —dijo ella, y las lágrimas finalmente desbordaron sus párpados, rodando por sus mejillas—. Porque eres mi única verdad, no puedo dejar que sigas avanzando. Si cruzan esa rejilla, si intentan salir de este muelle, los hombres de August los v
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