Las lágrimas seguían cayendo por las mejillas de Esmeralda.
Pero ya no eran lágrimas de confusión.
Porque muchas de aquellas respuestas ya las conocía.
Don Maximiliano se las había entregado antes de morir.
Con dolor.
Con arrepentimiento.
Y con la esperanza de que algún día ella entendiera toda la verdad.
Por eso cuando Catalina terminó de hablar...
Esmeralda negó lentamente.
—Eso ya lo sé.
La habitación quedó en silencio.
—Mi abuelo me lo contó.
Su voz tembló, pero sus ojos colo