Narra: AmeliaLa tensión era insoportable. El aire dentro de la lancha no se sentía como oxígeno, sino como una carga estática acumulada tras meses de persecución, hackeos y juegos de poder. El rugido constante del motor fuera de borda servía como un metrónomo para nuestros corazones, que latían al unísono de una guerra que finalmente nos había dejado en el vacío del Mar del Norte. Estábamos solos, rodeados por una neblina que borraba el mundo exterior, convirtiendo nuestro pequeño refugio de fibra de vidrio en la única realidad que importaba.Alexander estaba sentado al timón, su mano derecha aún firme, aunque su hombro herido le obligaba a inclinar el cuerpo en una postura defensiva que, incluso en su dolor, exudaba una autoridad letal. La sangre seca manchaba su camisa, un recordatorio de nuestra fragilidad. Sin embargo, su mirada no estaba en el horizonte, ni en los radares de navegación, sino clavada en mí con una fijeza que me dejaba expuesta. No éramos dos fugitivos; éramos dos
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