Narra: Amelia
El cielo de Escocia era una mancha de plomo que pesaba sobre mis hombros, pero la frialdad del aire no era nada comparada con la decisión que ardía en mi pecho. Había aterrizado en la terminal privada de Aberdeen, el único lugar donde podía reabastecer el jet sin ser detectada por los radares de la red de Alexander. Mis dedos se movían sobre la pantalla de la terminal, ejecutando la reconfiguración de los fondos que él tanto creía controlar. Cada cifra, cada activo que movía, era