Narra: AmeliaLas luces azules del Archivo Cero zumbaban con una frecuencia que me taladraba el cráneo, pero nada dolía tanto como la pantalla que Alexander tenía frente a sí. Mientras yo intentaba forzar los códigos de salida de la base escocesa, él se había quedado inmóvil ante un registro histórico que la IA acababa de proyectar. Sus ojos, antes llenos de esa devoción posesiva que me mantenía atada a él, se habían vuelto gélidos, distantes, como si la información que leía fuera una sentencia que invalidaba todo lo que habíamos luchado por construir.—Alexander, sal de ahí —dije, acercándome con una determinación gélida—. Ese servidor está intentando manipularnos con datos falsos. No escuches lo que el algoritmo proyecta.Él no se giró. Sus manos, que momentos antes me habían salvado del vacío del Atlántico, se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos se pusieron blancos.—No son datos falsos, Amelia —respondió, su voz una sombra de sí mismo, desprovista de la autoridad de s
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