Dante Salvatore ValcárcelLa llevo del brazo como si el mundo pudiera volver a quitármela entre un pasillo y otro.Alessia camina despacio. No porque quiera parecer débil, sino porque su cuerpo todavía le cobra cada hora de encierro, cada golpe, cada droga, cada verdad que Amara le escupió a la cara como veneno. Su piel sigue pálida, las vendas en sus muñecas parecen recordatorios crueles de que la tuve que recuperar de una silla de hierro, y aun así camina con la barbilla levantada.Esa mujer no sabe rendirse. O quizá sí sabe, pero nunca se concede el permiso.Su mano está apoyada en mi brazo. Sus dedos tiemblan apenas, pero no me suelta. Yo siento cada temblor como si me pasara por dentro. Siento su cuerpo cerca y, aun así, una parte de mí sigue en aquella sala del sanatorio, viéndola atada, viendo la sonrisa de Amara, viendo la pistola apuntarle a la cabeza.No importa que esté aquí, mi mente todavía la busca, mi cuerpo todavía se prepara para perderla y ahora, además, ella no recu
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