Dante Salvatore ValcárcelCargo a Alessia contra mi pecho como si el mundo entero pudiera arrancármela si aflojo los brazos un solo segundo.Su cuerpo está tibio, demasiado débil, demasiado quieto para mi gusto. Tiene la cabeza apoyada en mi cuello y los dedos cerrados en mi camisa como si, incluso medio rota, incluso al borde del desmayo, todavía quisiera asegurarse de que soy real.Soy real, estoy aquí, llegué tarde, pero llegué.Y ese pensamiento me muerde por dentro con más crueldad que la herida abierta de mi hombro.El pasillo del sanatorio se llena de humo, gritos y disparos. Mis hombres avanzan delante de mí, cubriendo cada esquina. Rocco va a mi derecha, con el arma levantada y la mandíbula apretada. Detrás de nosotros arrastran a Amara, atada de manos, con la túnica negra rota, la muñeca vendada de prisa y los ojos todavía llenos de ese odio enfermo que estuvo escondiendo durante años detrás de sonrisas dulces.La oigo reír, incluso ahora, incluso derrotada.—No vas a poder
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