Dante Salvatore Valcárcel
Asiento una sola vez.
—Rocco.
—Sí, jefe.
—Saca a Bianca y a Lorenzo. Esposados. Dos hombres con cada uno. No salen de nuestra vista.
Rocco mira a Alessia un segundo, como si reconociera que la orden, aunque salga de mi boca, viene de ella.
—Entendido.
Los hombres abren la puerta del sótano. El chirrido metálico sube por el pasillo como un lamento viejo. Alessia cierra los ojos un instante. Su mano se aprieta más fuerte en mi brazo.
—Estoy aquí —digo.
La frase me sale s