La noche llegó a la mansión con esa quietud administrada que tenían las casas donde incluso el silencio parecía obedecer una regla.Los empleados ya habían cerrado sus zonas. Las luces del ala norte estaban apagadas y, en los corredores principales, solo quedaban encendidas las lámparas bajas que convertían el mármol en una superficie más fría. Desde lejos se escuchaba el agua de las fuentes, constante, impecable, ajena a todo lo que ocurría dentro de la casa. Clara había aprendido que la mansión Moretti nunca dormía del todo. Siempre había una puerta que podía abrirse, una llamada que podía llegar, una sombra familiar dispuesta a convertir cualquier calma en advertencia.Esa noche, sin embargo, había buscado la biblioteca porque necesitaba creer que todavía existía un espacio donde no hubiera ocurrido nada entre ella y Leonardo.No era la cocina, donde habían compartido café y miedo. No era el jardín, donde la chaqueta de él había dejado de ser una prenda para convertirse en una preg
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