Nicolás llegó el jueves a las tres de la tarde con dos carpetas, su cuaderno de trabajo y esa energía organizada que traía siempre a las sesiones: eficiente sin ser brusco, presente sin invadir, capaz de hacer que el trabajo pareciera manejable antes de empezar.
Clara lo recibió en el salón de trabajo del segundo piso, el que tenía la mesa larga y la pizarra donde Nicolás acostumbraba escribir los bloques del discurso antes de descomponerlos en partes más simples. Era un espacio sin historia de