La alarma sonó a las dos y cuarenta de la madrugada.
No era una alarma de incendio ni el sistema general de seguridad de la mansión. Era el detector de movimiento perimetral del ala oeste, conectado al panel del despacho de Leonardo. En los meses que Clara llevaba allí, solo lo había oído una vez, cuando un animal del jardín lo activó a finales de octubre.
Esa noche Clara no dormía.
Llevaba más de una hora en la cama con los ojos abiertos, procesando lo que había ocurrido junto al escritorio de