La mansión a las dos de la madrugada parecía otro edificio.Las luces de los pasillos estaban en su mínimo, esa penumbra operativa que los empleados dejaban encendida para que nadie tropezara y que, a esa hora, convertía los corredores en espacios más hondos de lo que eran durante el día. Los muebles perdían sus ángulos exactos, los retratos de las paredes se volvían menos nítidos y el silencio adquiría una densidad distinta, como si entre la medianoche y el amanecer la casa revelara una versión menos obediente de sí misma.Clara no había podido dormir.Lo había intentado durante más de una hora, con esa concentración inútil de quien sabe que el cuerpo necesita descanso, pero la cabeza sigue repasando cada gesto, cada frase, cada silencio que no terminó de explicarse. Había leído dos páginas del libro que tenía en la mesilla sin retener una sola línea. Había abierto el correo de Nicolás, lo había cerrado, había dejado el teléfono boca abajo y luego lo había vuelto a mirar como si allí
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