La biblioteca a las once de la noche tenía una luz distinta a la del día.Las lámparas de mesa proyectaban círculos cálidos sobre los lomos de los libros y el resto quedaba en penumbra, un tipo de oscuridad doméstica que no asustaba, sino que recogía. Clara llegó con una taza de té y sin cuaderno. Fue una decisión deliberada. No quería tomar notas, no quería convertir la conversación en algo que después pudiera releer, analizar o corregir. Algunas cosas necesitaban pasar sin red, precisamente porque si una intentaba controlarlas demasiado, dejaban de ser verdad.Leonardo llegó diez minutos después.Traía café, aunque a esa hora probablemente no debería. Se sentó en el sillón de enfrente y durante un momento los dos se miraron con una atención que ya no era vigilancia. No era confianza completa tampoco, pero sí algo más cercano a la costumbre. Una costumbre peligrosa, Clara lo sabía. De esas que comienzan con un café, una pregunta, una puerta respetada, y un día se convierten en algo q
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