Clara llamó a Isabela esa misma semana, por decisión propia y no por presión de nadie, y la conversación —breve, cordial, sin grandes revelaciones— pareció bastar para calmar el estado de crisis que Regina había descrito por teléfono. No bastó, sin embargo, para calmar a Regina misma, que interpretó ese gesto como una puerta abierta y decidió aparecer sin avisar, dos días después, con el argumento fresco de que la familia necesitaba una reunión para sanar de verdad.Leonardo estaba en el departamento cuando sonó el timbre, sentado en el sofá revisando unos documentos de trabajo mientras Clara preparaba algo de comer en la cocina pequeña. Ella abrió la puerta sin imaginar que se trataba de su madre hasta que la vio ahí, con un vestido formal y una expresión decidida que anunciaba batalla.—Vine a proponerte algo —dijo Regina, entrando sin esperar invitación explícita, como siempre—. Una cena, con Isabela, con Tomás, contigo. Toda la familia junta, hablando de una vez por todas, sin que
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