Clara pasó tres noches sin poder dormir bien, no por ningún malestar del embarazo, sino por la manera exacta en que su mano seguía recordando la de Leonardo sobre el borde de la camilla, ese peso cálido que no había pedido y que ahora se negaba a soltar la memoria del cuerpo, incluso cuando la razón insistía en que había sido apenas un gesto, no una promesa.No lo llamó al día siguiente. Tampoco al otro.Se dijo a sí misma que estaba ocupada, que los proyectos con Nicolás requerían atención completa, que no había ningún motivo urgente para escribirle solo porque el pecho se le apretaba cada vez que recordaba la expresión de Leonardo frente a la pantalla de la ecografía. Sabía, en el fondo, que estaba mintiéndose con la misma habilidad con que había aprendido a sobrevivir en la mansión, disfrazando el miedo de ocupación y la fragilidad de agenda apretada.Se descubrió, una tarde, revisando viejas fotografías en el teléfono sin ningún propósito claro, deteniéndose demasiado tiempo en un
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