—Necesito que hables con tu hermana —dijo Regina, apenas Clara atendió el teléfono, sin ningún saludo previo que suavizara la exigencia—. Isabela lleva tres días sin salir de su habitación. No come bien, no me habla, y cuando le pregunto qué pasó solo dice que habló con Leonardo y que ya no hay nada que hacer.
Clara se recostó contra el respaldo de la silla, sintiendo el peso conocido de esa llamada, la manera exacta en que Regina sabía convertir la angustia de una hija en una obligación para l