La noche en el bosque del este era un manto negro y denso que amortiguaba los sonidos, convirtiendo cada crujido de hojas secas en una potencial alarma. Dante se movía entre los pinos como una sombra más, pegado a la tierra, controlando el ritmo de su propia respiración. Había dejado su coche a más de un kilómetro y se había aproximado a pie, estudiando los puntos ciegos de la propiedad. La finca rústica de Julián estaba rodeada por un muro de piedra alta coronado por alambres, pero para alguien que había crecido escalando los andamios del Distrito Sur, aquella barrera no era impenetrable.Con movimientos felinos y un sigilo milimétrico, Dante localizó una sección del muro donde las ramas de un roble viejo ofrecían cobertura. Se izó con cuidado, esquivando los sensores de movimiento que Julián, en su paranoia, había instalado en los accesos principales. Una vez dentro del perímetro, avanzó agazapado por el jardín trasero, mimetizándose con la penumbra que proyectaban los arbustos. La
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