Las palabras de Ilmar me taladraron como una aguja fina: una caricia envuelta en amenaza. Apreté los dientes y asentí casi sin querer. El mensaje estaba claro: podían convertirme en lo que quisieran, y usar mi cuerpo para más cosas que espectáculo si se les antojaba.Comencé a andar hacia la salida, los pasos mecánicos, como si mi cuerpo tuviera un mapa antiguo para irse de ese lugar...Me detuve en seco. Los tres líderes levantaron la vista al unísono, y sus ojos se clavaron en mí con la frialdad de quien decide el destino de un animal.—¿Sí, osa? —preguntó Ilmar, con esa voz que no buscaba cortesía sino confirmación.Inhalé y exhalé.—Mi hija. Ha terminado la semana —mi voz salió contenida, rasposa.Daren se reclinó y sonrió con una calma de mercader.—Ah. Sí, ese detalle está arreglado. Vuelve cuando te llamemos.Di media vuelta, ya en marcha. Solo quería alejarme. Pero Ilmar, con una paciencia artificial, me detuvo otra vez.—Ah, ah, osa. ¿Cómo se dice?Inhalé de nuevo, más lento
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