Mundo ficciónIniciar sesiónLa humana se movía por el lugar murmurando cosas que no terminaba de entender. Algo sobre que “solo en los brazos iba a tardar una eternidad”. Parecía hablar sola mientras revolvía frascos y toallas. Luego fue hacia una caja en el rincón y regresó con una sonrisa tan amplia que me dio desconfianza.
—Sal de ahí, debemos comenzar con el tratamiento —dijo.
Salí del agua despacio, dejando que las gotas resbalaran por mi piel. Entrecerré los ojos, sin decir una palabra. No necesitaba hacerlo. La humana me observó de arriba a abajo, con ese tipo de análisis que incomoda. Se acercó más y comenzó a inspeccionar mis heridas como si fueran algo fascinante.
Hizo todo un espectáculo: exclamaciones suaves, movimientos exagerados, y un par de frases sin sentido sobre “mantener la piel radiante incluso en tiempos difíciles”. Pero entre cada tontería, su voz bajaba hasta volverse un susurro apenas perceptible.
—Sara… me llamo Sara —murmuró—. Estoy infiltrada. Vengo a ayudar.
No reaccioné. Solo seguí su juego, fingiendo que no la había escuchado.
—Bebe esto, cariño —dijo enseguida, extendiéndome una cantimplora oscura—. La magia de las cremas milagrosas funciona mejor cuando una está muy bien hidratada.
Tomé la cantimplora sin protestar. No sabía por qué confiaba en ella, pero algo en el olor de las flores de cerezo que la rodeaban me decía que debía hacerlo.
La dejé moverse a su antojo. Todo el acto de aplicar ungüentos, cubrirme con telas suaves y esparcir esa mezcla tibia sobre mis heridas tomó apenas unos minutos. Diez, quizá. Sus manos se movían con una ligereza extraña, demasiado precisa para alguien que fingía ser una simple sanadora.
Cuando terminó, recogió sus cosas con un suspiro satisfecho. Pero justo antes de marcharse, tropezó conmigo. Sus dedos rozaron mi brazo y su voz volvió a bajar hasta hacerse casi invisible.
—Aún no es momento —susurró.
Luego se enderezó con una sonrisa impecable.
—¡Espero que sigamos trabajando juntas! —exclamó con un entusiasmo tan brillante que casi dolía verlo.
Y salió del baño envuelta en una nube de felicidad tan discortante en el lugar que hice una mueca.
Sacudí la cabeza y me sumí en mis pensamientos. Si esa flor de cerezo era lo que yo creía que era...
Alcé el brazo que más herido tenía de una mordida de hacía días y... Si. Completamente curado.
Levanté la vista rápidamente. Ella... ¿La habría mandado el Alfa Alan? ¿Mi amiga Lia?
Apreté los puños con esperanza... Solo una poca de esperanza.
Me puse la ropa limpia que las otras lobas me habían dejado y salí del lugar. Ya me estaban esperando los lobos que me habían traído.
—Rápido. Los líderes te esperan.
Los pasillos eran los mismos de antes. Fríos, largos, con ese olor metálico que se pegaba a la piel. Cada paso resonaba como si el lugar se burlara de mí, recordándome las veces que ya había caminado por ahí. Los lobos que me escoltaban no dijeron una sola palabra. No hacía falta. Sabían adónde iba.
Al llegar frente a la puerta, uno de ellos golpeó dos veces. Desde dentro, alguien respondió con un seco “adelante”. Me empujaron con crueldad y crucé el umbral.
Los tres lobos me observaban desde el centro de la sala. Reconocía a cada uno de ellos: los idiotas que habían empezado todo esto, los que se creían dioses disfrazados de líderes.
—Desnúdate —ordenó uno.
No dudé. Ya había pasado por eso antes. Mis manos se movieron solas, como si mi cuerpo se hubiese rendido mucho antes que mi mente. De pie frente a ellos, sentí el aire frío recorrer mi piel. No era vergüenza lo que me hacía temblar, era rabia contenida.
—Da un par de vueltas.
Obedecí. Giré despacio, mostrándome como si fuera una pieza de exposición. Cuando terminé, uno de ellos me señaló con un gesto.
—Finge que atacas a un enemigo.
Hice lo que me pedía. Imaginé una sombra al frente y me lancé contra el aire, con la misma furia que me habría gustado usar contra ellos. Al terminar, los escuché reír entre dientes.
—Joder —dijo uno—, esa experta de belleza es una excelente adición a nuestros propósitos. ¿Dónde la encontraste?
Otro respondió con orgullo:
—Desperdiciábamos su talento en el continente americano. Arregló a una de las lobas fugitivas antes de que pudiera suicidarse, así que la traje conmigo.
—Una muy buena compra —añadió el tercero, sonriendo de lado.
Aplaudió una vez y, como si esa palmada fuera una orden, entraron dos lobos más cargando varios vestidos. Los depositaron sobre una mesa cercana y me miraron, esperando.
—Pruébatelos.
No dije nada. Tomé uno, luego otro. Me hicieron desfilar, girar, posar. Como si buscara agradarles, aunque lo único que hacía era resistir. Finalmente, el del centro levantó una mano.
—Sí, el verde definitivamente. Llévalo a tu habitación y regresa a tus deberes. Por la noche volveremos a llamarte. Usa el vestido.
Me di la vuelta para irme, pero antes de que pudiera dar un paso, uno de ellos gruñó.
—Se dice “muchas gracias por usarme, amos”.
Me quedé quieta. El silencio se hizo pesado. Sentí cómo el calor subía por mi cuello, esa mezcla entre ira y humillación que quema más que el fuego. Apreté los dientes.
—Muchas gracias por usarme, amos —dije al fin, cada palabra pesando como piedra en mi lengua.
Solo entonces me dejaron salir. Caminé por los mismos pasillos de antes, con el vestido verde colgando del brazo y una sola idea en la cabeza: algún día, ellos serían los que se arrodillaran para dar las gracias antes de que tome sus cabezas.







