Capítulo 34.

El silencio en la habitación se rompió con el murmullo de una de las lobas.

—Tienen que admitir que al menos tienen buen gusto —murmuró Nora, pasando los dedos por el vestido que había dejado sobre la cama de una de ellas.

Las otras lobas asintieron, admirando el material como si fuera algo digno de un sueño.

Yo solo gruñí.

Estaba tirada boca arriba, mirando el techo y sintiendo el peso de cada palabra que aún resonaba en mi cabeza desde la noche anterior.

Los “líderes”.

Sus miradas.

Sus sonris
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