El cielo de la tarde comenzó a teñirse de un gris plomizo, anunciando una tormenta inminente que amenazaba con oscurecer la ciudad antes de tiempo. En el penthouse, el ambiente de reclusión se sentía cada vez más pesado. Sofía caminaba de un lado a otro por la sala de estar, frotándose los brazos para mitigar un frío que no era del clima, sino de la pura incertidumbre. Marta, la empleada, limpiaba la cocina en un silencio sepulcral, contagiada por la tensión reinante. Afuera, en el pasillo del piso exclusivo, dos hombres del equipo de Matías custodiaban la entrada principal con los ojos bien abiertos. La seguridad del edificio era impecable, o al menos eso creía Gerard. Sin embargo, toda fortaleza tiene un talón de Aquiles, y en las construcciones de alta gama de la familia Gelacio, ese punto débil era el sistema de mantenimiento integrado. En el sótano del edificio, una camioneta blanca con el logotipo de la empresa de servicios de climatización y ductos de ventilación se es
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