A la mañana siguiente, la clínica privada donde Doña Leonor permanecía en terapia intensiva se había convertido en un búnker de tensión. Gerard no se había movido de la sala de espera. Llevaba la misma ropa de la noche anterior, con el saco arrugado y rastros de los golpes de la pelea aún marcados en su rostro. Mantenía la mirada fija en el suelo, con los brazos cruzados, ignorando las llamadas que entraban sin parar a su teléfono celular corporativo.
Para él, el mundo de los negocios se habí