El aroma del café recién colado solía ser una invitación a la calma en la casona de los García, pero para Gabriela, aquel olor se convirtió en el presagio de una emboscada. Al cruzar el umbral de la sala, sus botas de cuero resonaron contra el suelo de madera pulida, rompiendo el denso silencio que reinaba en la estancia. Allí, sentada con una rectitud que desafiaba la gravedad, se encontraba Sor Teresa. La religiosa, con su hábito impecable y una sonrisa que pretendía ser bondadosa pero resultaba inquisidora, sostenía una taza de porcelana fina entre sus manos. A su lado, Doña Karlota, con el rostro tallado en piedra y los labios apretados en una línea de amargura, dirigió a su hija una mirada que no admitía réplicas.-Buenas tardes -dijo Gabriela, sintiendo que la temperatura de la habitación descendía varios grados.-Buenas tardes, Gabriela -contestó Sor Teresa con una voz aterciopelada que escondía la autoridad de quien gobierna almas-. Es un gusto volver a verte, joven. Estás c
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