El frío del asfalto penetró a través de la tela del traje de Sofía mientras intentaba arrastrarse hacia atrás, usando sus manos libres para alejarse del agresor. El dolor en su costado era agudo, pero el terror de que el hombre lograra alcanzar su vientre la mantenía en un estado de alerta absoluta, donde la adrenalina devoraba cualquier rastro de debilidad física. El asesino, fastidiado por el ruido y la resistencia de una mujer que consideraba una presa fácil, levantó el arma blanca con una frialdad matemática. Sus ojos, desprovistos de cualquier rastro de piedad, se fijaron en el pecho de Sofía. Dio un paso firme hacia adelante, anulando el poco espacio que ella había logrado ganar, y descargó el brazo con una velocidad letal. Sofía soltó un grito desgarrador, cerrando los ojos con fuerza esperando el impacto definitivo. Sin embargo, el golpe nunca llegó. Un estruendo violento, seguido por el chirrido desesperado de unos neumáticos quemando caucho sobre el pavimento, rompió l
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